Por Andrés Dauhajre Hijo

Hace 35 años, nuestro consumo anual per cápita de petróleo y derivados era de 429 kilogramos. El año pasado, consumimos 981. Claro, los de mayores ingresos consumimos mucho más que los de menores ingresos. A pesar de eso, el nivel de intensidad del petróleo y derivados en nuestra economía ha disminuido de manera significativa, tal y como ha sucedido en el resto del mundo. El indicador que se utiliza para estimar la “intensidad del petróleo y derivados” es el consumo de kilogramos de “petróleo equivalente” necesario para producir US$1,000 de PIB en dólares constantes de 2021, medidos en paridad de poder adquisitivo (PPP).
Como se puede observar en la segunda gráfica, mientras en 1994-2002 necesitábamos consumir 71.8 kilogramos de petróleo y derivados para generar US$1,000 de PIB, el año pasado solo necesitamos consumir 37.1. Alguien podría indicar que este resultado contradice la estadística que muestra que nuestro consumo per cápita de petróleo y derivados más que se duplicó entre 1991 y 2025. La contradicción no existe. ¿La razón? El PIB en dólares a precios constantes de 2021 PPP se multiplicó por 3.6 entre 1991 y 2025.
Con la asombrosa expansión del PIB que se ha registrado en los últimos 35 años, el indicador de “intensidad del petróleo y derivados” de nuestra economía debió reducirse mucho más. Cuando analizamos la matriz de consumo de energía neta por sectores entenderemos el por qué esto no sucedió.
El sector transporte es el mayor consumidor de energía del país. En 2018, consumió el 48.1% del total del consumo de energía neta de la nación. Dado el aumento de 2.3 millones de vehículos que se ha producido entre 2018 y principios de 2026, el sector transporte debe estar consumiendo la mitad de toda la energía que consume nuestra economía. ¿Cuál combustible consume este sector? Gasolina, gasoil y GLP.
No hay que dar muchas vueltas para entender las razones. No solo facilitamos la compra de vehículos con financiamientos cuasi-automáticos a menores tasas de interés que las que ofrecemos a regañadientes para la adquisición de viviendas. Adicionalmente, eliminamos o reducimos significativamente el riesgo que enfrentan los propietarios de vehículos cuando los precios internacionales de los combustibles aumentan. Y claro, les cobramos peajes “políticamente correctos” aunque “económicamente mentirosos”.
En la generación de electricidad el segmento dominante de los combustibles fósiles se ha diversificado.
En el 2000, por ejemplo, el 91.4% de la generación en el país era a base de combustibles fósiles, encabezados por el fueloil (FO #6) y el diésel (FO #2) con un 61.4%. El año pasado, la participación del fueloil y el diésel en la generación de electricidad bajó a 10.1%. El gas natural y el carbón, que en el año 2000 aportaban el 14% y 23.3% de la generación, respectivamente, en 2025 contribuyeron con el 39.4% y 28.7%.
Para reducir más aceleradamente nuestra dependencia del consumo de petróleo y derivados vamos a tener que asumir con firmeza, responsabilidad y sentido común esa meta dentro del proyecto de nación que acordemos. En primer lugar, sencillamente vamos a “joder” a la nación si no dotamos a Santo Domingo de todas las líneas del Metro de Santo Domingo que se establecieron en el Plan Maestro. Si se determina que las seis líneas iniciales no son suficientes, agreguemos las que se necesiten. Evaluemos con visión de futuro la construcción de un tren de pasajeros y carga que una a Santo Domingo con Santiago.
¿Que no hay dinero para tantos proyectos? Nuestra población es más sabia e inteligente que lo que nuestra clase política le acredita. Si hay un “subsidio” que agradece y valora el dominicano es el poder transportarse cómodamente y poder llegar a tiempo al trabajo y regresar a la casa. Eliminemos todo el despilfarro existente en subsidios generalizados y focalizados que están yendo a parar a los bolsillos del 20% más rico de la población y dirijamos esos recursos al pago de parte del componente en moneda local de esos proyectos. Y endeudémonos fuera para ejecutarlos. Ese es el tipo de endeudamiento valioso que debemos apoyar pues la tasa interna de retorno económico y social de esos proyectos por lo menos triplica el costo del financiamiento. Si no lo hacemos, Santo Domingo va a colapsar con los “tapones de Malthus” que estamos fomentando con nuestras insensatas políticas de transporte.
En el ámbito del sector eléctrico, necesitamos a alguien que esté dispuesto a ponerse los pantalones. El festival de concesiones de parques fotovoltaicos y eólicos sin sistemas de baterías de almacenamiento (BESS) ha sido una “aberración histórica”, lo que ha forzado al vertimiento de la mitad de la energía renovable que estos parques generan. Se impone una renegociación de todos los contratos PPA vigentes para viabilizar la instalación de los BESS. Aceptan la renegociación o prepárense para más vertimiento de energía. Esto permitirá elevar la ínfima participación que tienen los vehículos eléctricos en nuestro parque vehicular, más aún si la política tributaria es diseñada para favorecer gradualmente la migración del parque vehicular desde la tecnología de combustión interna a la eléctrica e híbrida.
