Por Andrés Dauhajre

En enero de 2016, los economistas Autor, Dorn y Hanson (ADH), publicaron un artículo titulado “The China Shock: Learning from Labor Market Adjustment to Large Changes in Trade”, en el cual mostraron que la incorporación de China al comercio global tuvo un impacto disruptivo y duradero en diferentes segmentos del mercado laboral de EE. UU., provocando una pérdida de cerca de 2.4 millones de empleos entre 1999 y 2011. Señalaron que, en contraste con las predicciones teóricas, el ajuste fue lento, generando una caída prolongada de los salarios y un aumento del desempleo concentrado en comunidades industriales específicas. Aunque el famoso trabajo de ADH ha sido criticado por otros economistas (Feenstra, Acemoglu y Furman, entre otros), en el imaginario de la clase política estadounidense ha quedado grabada la narrativa de que una parte importante de la pérdida de empleos manufactureros en EE. UU. se debió a la entrada disruptiva de China en el comercio mundial.
Luego de la exitosa incursión el pasado 3 de enero para capturar a Nicolás Maduro, ante la clara evidencia de que el señor Maduro desconoció abiertamente el triunfo de la oposición política en las elecciones del 28 de julio de 2024, y los anuncios realizados tanto por el presidente Trump como por el Secretario de Estado, Marco Rubio, todo apunta a que EE. UU., convencido de que, en la reorganización del mapa geopolítico global, la región en la que nadie le regateará el liderazgo a EE. UU. es la “América para los americanos”, la administración Trump parece haber tomado la decisión de dar un golpe de timón para erradicar de Cuba al régimen que encabeza el ranking mundial de los más empobrecedores de la historia de la civilización humana.
Ante la inminencia de un cambio que sería aplaudido por el 89% de la población en Cuba que vive hundida en una lacerante pobreza, con un salario promedio mensual de US$20, un salario mínimo mensual de US$4 cuando se usa la tasa de cambio del mercado libre o informal, donde 7 de cada 10 cubanos están obligados a saltarse una o dos de las tres comidas por falta de dinero y 80 de cada 100 desean emigrar a donde los lleve la balsa, expertos y economistas han comenzado a preguntarse si países como República Dominicana, que ha sido quizás el principal beneficiario del prolongado sabático de 66 años que se ha tomado Cuba como competidor en el comercio de bienes y servicios y en la atracción de inversión extranjera directa y financiera en la región del Caribe, podrían resultar perjudicados por la reinserción de Cuba al mapa económico global. En otras palabras, ¿deberíamos preocuparnos o no por un eventual “Cuba Shock”?
Algunos podrían mirar la foto actual de Cuba y concluir que no hay absolutamente nada que temer. Las estadísticas derivadas del último censo indican que la población actual es de 10.9 millones de habitantes, revelando una caída de 410,000 habitantes entre 2013 y 2026, cifra excesivamente conservadora si se tiene en cuenta que, entre 2019 y 2024, según el Center for Engagement and Advocacy in the Americas (CEDA), 820,500 cubanos ingresaron a EE. UU. Otras fuentes oficiales indican, sin embargo, que la población actual no llega a 9 millones. Una parte considerable de los emigrantes cubanos de los últimos siete años estaba conformada por jóvenes, muchos de ellos profesionales y técnicos calificados, con deseos de vivir el “American Dream” o el Sueño Español. Actualmente, en EE. UU. residen casi 3 millones de personas de origen cubano (inmigrantes o descendientes de inmigrantes cubanos), mientras 287,500 lo hacen en España.
La infraestructura vial, portuaria y aeroportuaria de la isla más grande del Caribe se encuentra en una situación verdaderamente crítica. El 40% de las carreteras está en condiciones deplorables. Sobre las calles y carreteras transitan actualmente unos 250,000 automóviles, muchos de ellos septuagenarios, y cerca de 350,000 motores, equivalente ambos al 9% de los que circulan en República Dominicana, un país con una superficie equivalente al 44% de la de Cuba. Los puertos y aeropuertos operan con una escasez alarmante de combustibles, lo que los obliga a operar con niveles de intermitencia similar al de países de cuarto mundo. La eléctrica está peor. La demanda instantánea de electricidad en Cuba es de 3,200 MW, pero la generación apenas llega a 1,400 MW, arrojando un déficit de 1,800 MW, dando lugar a apagones de hasta 20 horas y simultáneos en casi el 60% del territorio. La generación eléctrica emana de una matriz donde el 76% de las plantas consumen petróleo o sus derivados. Dieciséis generadoras están fuera de servicio por averías y falta de mantenimiento. Varias de las barcazas que hoy tenemos ancladas en playa de Los Negros, Azua, vinieron de Cuba, huyendo a los incumplimientos de pago. En 2024, esas barcazas aportaron el 32% del total de la generación de electricidad de Cuba.
Aunque Cuba dispone de una infraestructura hotelera no despreciable, la planta hotelera del país revela la necesidad de mantenimiento, deficiencia de suministros para servir a los turistas y climatización deficiente. Sus 84,160 habitaciones hoteleras no van muy rezagadas de las 94,039 nuestras. Sin embargo, mientras República Dominicana logró elevar la llegada de turistas de 6,446,036 en 2018 a 8,860,709 en 2025, para un crecimiento acumulado de 37.4%, Cuba vio descender la suya desde 4,594,000 en 2018 a solo 1,800,000 en 2025. Mientras nuestros ingresos de divisas del turismo alcanzaron US$11,319 millones en 2025, los de Cuba apenas llegaron a US$917 millones. Nuestra tasa de ocupación hotelera promedió 75% en 2025, cuatro veces más elevada que el 18.9% de Cuba.
La industria manufacturera de Cuba evidencia una profunda crisis de desindustrialización y descapitalización, lo que se ha reflejado en el colapso de la producción nacional, su creciente obsolescencia y una escasez sin precedentes de materias primas. La producción nacional de alimentos y bienes de consumo básico se encuentra en mínimos históricos. Su industria azucarera, por ejemplo, exhibe hoy la peor crisis de los últimos 125 años; la zafra de 2024-2025 apenas produjo 129,000 TM, lo que ha llevado al gobierno a importar azúcar. En 1958, el año previo al triunfo de la Revolución Cubana, la zafra arrojó una producción de 5 millones de TM, 39 veces más que la de 2024-2025. Tal y como sentenció Milton Friedman, “si pones al Gobierno a cargo del desierto del Sahara, en cinco años habría escasez de arena”. Sustituya el desierto del Sahara por los ingenios de Cuba y la arena por azúcar y comprobará cuán certera fue la advertencia del Hombre Sabio de Chicago.
El acceso al servicio de telecomunicaciones y de internet, provisto monopólicamente por la estatal Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA), es sumamente precario, lento, intermitente, bloqueado, censurado y costoso. El servicio de WiFi es muy limitado, con conexión inestable que requiere la compra de tarjetas prepago o cupones de acceso. Su sistema bancario es el más atrasado y desconectado de toda la región. Cuenta con un Banco Central (BCC), famoso en la CEPAL por su largo historial en la manipulación de datos. Tiene tres bancos comerciales, el Banco de Crédito y Comercio (BANDEC), el Banco Popular de Ahorro (BPA) y el Banco Metropolitano, todos estatales. No existen bancos privados de capital nacional. El sistema cambiario parece haber sido diseñado por Franz Kafka.
Existe un hegemón oficial conformado por tres segmentos. En el segmento I, vigente para transacciones estratégicas del Estado (canasta básica, combustibles, electricidad y medicamentos) la tasa de cambio es de 24 CUP por dólar; en el II, asignado a operaciones específicas del sector empresarial y comercial exterior, la tasa es de 120 CUP por dólar; y en el III, establecido para competir con el mercado informal, opera con una “tasa flotante orientativa”, la cual es actualmente de 514 CUP por dólar, ofrecida a las personas para que vendan sus dólares al BCC. Finalmente, existe el mercado informal, en el cual el dólar se estaba transando esta semana en 575 pesos cubanos.

Para completar la foto, solo necesitamos agregar el hecho de que los hospitales del sistema de salud pública, uno de los dos pilares de la Revolución Cubana, no son más que sombras difusas de lo que fueron, afectados por un déficit de personal especializado y escasez de recursos básicos para administrar los tratamientos. Las universidades, por su parte, se enfrentan a una situación crítica en la que la investigación ha prácticamente colapsado por la falta de recursos y la cada vez más reducida población juvenil a ser capacitada. Como si esto fuera poco, Cuba no solo ha visto devaluar su moneda. Ha sido su capital humano el que ha sufrido la mayor devaluación en las últimas décadas. Decenas de miles de profesionales bien entrenados se han visto obligados, por la precariedad económica, a migrar internamente desde las áreas de su formación hacia sectores como el servicio de hotelería, guías de turismo y taxis, con la expectativa de recibir propinas en dólares que superan los salarios que paga el Estado.
La observación de la foto anterior podría llevarnos a pensar que Cuba, ni ahora ni en el futuro, constituye ni constituirá una amenaza para República Dominicana. No olvidemos que la foto de China en los tiempos de la Gran Hambruna provocada por El Gran Salto Adelante liderado e iniciado por Mao en 1959, el mismo año en que triunfó la Revolución Cubana liderada por Fidel, no lucía mejor que la foto actual de Cuba. Una de las características del buen estadista es que, a diferencia del político tradicional, tiene una visión de largo plazo. Incurriríamos en un grave error si olímpicamente asumimos que, durante los próximos 50 años, Cuba continuará ausente del mapa económico regional y, sobre todo, del Caribe. La sensatez nos obliga a imaginar la película que mostraría cómo la Cuba de hoy podría progresar a través del tiempo, especialmente, en el caso de que EE. UU. ejecute una estrategia firme, inteligente y políticamente realista para el renacimiento de la que fue, antes de la Revolución, una de las tres principales economías de la América Latina y el Caribe.
Imaginemos, por ejemplo, que EE. UU., abrazando el realismo político, llega al convencimiento de que la rápida o inmediata transición de Cuba a la democracia no constituye una condición necesaria para el renacimiento de la economía cubana y su integración a los flujos de comercio y de inversión internacional. El que tenga dudas, tómese 15 minutos y revise lo que ha sucedido en Vietnam luego del fin de la guerra en 1975. Cuba no perdería absolutamente nada si pospone, hasta el año 2060, su tránsito desde una “dictadura benevolente tutelada por EE. UU.” a una democracia atada al modelo de desarrollo económico que deberá adoptarse.
Imaginemos que el modelo adoptado tenga como pilares fundamentales el respeto irrestricto a la propiedad privada; garantías plenas de seguridad jurídica; la adopción del principio de subsidiariedad (el Estado solo interviene en las áreas, eventos y coyunturas en que los privados se ausenten o no estén en capacidad de actuar, acordar y/o resolver); la libertad de contratación y despido en el mercado laboral; la liberalización del mercado cambiario y unificación de las cuatro tasas de cambio vigentes o la dolarización pura y simple partiendo de una tasa competitiva para la conversión; la apertura del sistema financiero y bancario al capital nacional y extranjero, y la migración de la banca comercial estatal al financiamiento de la vivienda a largo plazo; la liberalización de las tasas de interés y de los alquileres; la eliminación de los controles al flujo internacional de capitales; la autonomía e independencia plena para el Banco Central y la adopción, de manera rigurosa y sin titubeos, de un esquema de metas de inflación; una reforma del sistema de reparto estatal de pensiones por un sistema de capitalización individual; la adopción de una política de salarios atractivos para remunerar a los funcionarios públicos bajo un régimen de contratación fundamentado en la meritocracia; el establecimiento de un sistema tributario sencillo, con tasas impositivas bajas que desincentiven la evasión fiscal; y la eliminación del embargo y de todas las sanciones actualmente existentes, seguida por la adopción de un protocolo de “fast track” para el ingreso de Cuba al DR-CAFTA.
A lo anterior agreguemos que, partiendo de los estudios realizados por el Servicio Geológico de los EE. UU. en el Norte de Cuba que estimaron en 4,098 millones de barriles de petróleo y 13,268 billones de pies cúbicos de gas no descubiertos previamente y técnicamente recuperables a través de medios convencionales, de la confirmación de presencia de elementos de tierras raras en las áreas de Moa, Nicaro, Punta Gorda y Cupey, y del evidente potencial minero altamente diversificado de Cuba, específicamente en níquel y cobalto, así como de oro, plata, cobre, zeolita y mármol, el gobierno de EE. UU. decida estimular a corporaciones estadounidenses medioambientalmente responsables para la realización de trabajos de exploración con el objetivo de colocar a Cuba en el mapa minero mundial, con las repercusiones económicas que esto provocaría; la aprobación de un régimen de incentivos que fomenten la creación de Zonas Económicas Especiales para la Exportación; y la creación de un ambicioso programa de becas de estudios de maestría en políticas públicas y economía en universidades de EE. UU. (Harvard, Chicago, Columbia, Minnesota, entre otras) para estudiantes cubanos que luego laborarían en las entidades del área económica del Gobierno y en el Banco Central; entre otras.
Si todo lo anterior se enmarca dentro de un Plan Rubio (asumiendo que el actual Secretario de Estado liderará la recuperación, transformación y modernización de la economía cubana en lo que resta a la presente administración de Trump y, quién sabe, con más intensidad y compromiso en una posible administración Rubio a partir de 2029) que incluya: un apoyo del gobierno de EE. UU. ascendente a US$200,000 millones por un período de 10 años para financiar la reconstrucción, ampliación y modernización de la infraestructura física de Cuba; la conexión, a través de un cable submarino, del sistema eléctrico cubano con el de la Florida y/o la instalación, bajo administración estadounidense, de dos o tres plantas de energía nuclear en Cuba; el estímulo para que cadenas hoteleras estadounidenses y caribeñas inviertan en la modernización de la oferta turística de Cuba, una isla 3.5 veces más próxima a EE. UU. que la nuestra (Miami-Habana vs. Miami-Santo Domingo) y con 2.5 veces más km de playas que República Dominicana (1,000 km vs. 400 km); el establecimiento de un programa de incentivos efectivos que estimule el retorno a Cuba del capital humano calificado que huyó debido al empobrecimiento rampante provocado por el Gran Salto Hacia Atrás inducido por la Revolución Cubana; y la creación de un programa de migración temporal de nacionales haitianos para trabajar en la agricultura, la construcción y la hotelería en Cuba, el renacimiento económico de la mayor isla del Caribe podría replicar el de Vietnam.
Alguien podría preguntarse qué razones de peso tendría EE. UU. para promover la reconstrucción y modernización de la economía cubana. Viendo el escenario desde las gradas de los “bleachers” de República Dominicana, uno tiene la impresión de que a EE. UU. le convendría disponer de mayor libertad de elección entre las geografías amigas que hoy le proveen bienes manufacturados. Dada la concentración representada por México, un país con una larga tradición de oscilación entre la derecha y la izquierda, y en mucho menor grado, de los socios suplidores acogidos al DR-CAFTA, no sería descabellada la decisión de fomentar el renacimiento de Cuba si con ello, como recomendaría Harry Markowitz, Premio Nobel de Economía de 1990, EE. UU. logra, a través de la diversificación de los riesgos, equilibrar la rentabilidad y la volatilidad en esta zona geográfica que tanto Monroe como Trump perciben como parte de América y de los americanos.
Si, finalmente, algo de lo que hemos planteado termina verificándose y Cuba comienza a dar señales de que se ha iniciado su regreso al concierto de las economías de mercado de la región, la clase dirigencial dominicana debería tener lista una estrategia que permita a nuestra nación seguir progresando en este nuevo escenario. Nuestros empresarios de los sectores turismo, construcción, manufacturero, zonas francas, financiero y desarrollo inmobiliario, entre otros, deberían desde ya analizar las posibilidades de inversión en una Cuba regentada por EE. UU. Cruzarse de brazos frente a la posibilidad de que este potencial gigante comience a despertar, luego del sueño efímero y la pesadilla prolongada de 66 años que le provocó la ignorancia de Fidel y sus súbditos, no es recomendable. Agradezcamos que los barbudos socialistas nunca leyeron el famoso ensayo de Ludwig von Mises, “El cálculo económico en la comunidad socialista”, publicado en 1920, y en el cual, el economista austríaco demostró que, sin propiedad privada de los medios de producción, no pueden existir precios de mercado libres y que, sin un sistema de precios monetarios, es imposible calcular racionalmente costos, beneficios o asignar eficientemente los recursos escasos. Los chinos y vietnamitas lo entendieron a tiempo; el pueblo cubano espera que la mano visible de EE. UU. ayude a la dirigencia empobrecedora del Partido Comunista de Cuba a “entrar en razón”. Si eso ocurre, actuemos con previsión, inteligencia y sentido común para minimizar el potencial impacto negativo que, sobre nuestras posibilidades futuras de crecimiento, podría tener un eventual “Cuba Shock”.
