
Artículo de El Global, sobre Geopolítica
En tiempos de tensiones globales, guerras mediáticas y conflictos por territorios, entender la geopolítica ya no es un lujo reservado a los académicos: es una necesidad ciudadana. La geopolítica explica cómo las potencias desde la antigüedad hasta hoy proyectan su poder, moldean alianzas y deciden, incluso, el destino de las naciones más pequeñas.
La mayoría de los conflictos contemporáneos tienen raíces en concepciones que nacieron hace más de un siglo. La llamada escuela alemana determinista, impulsada por Federico Ratzel, fue una de las primeras en establecer que la historia de la humanidad se reduce a la geografía. Ratzel veía al territorio como el elemento vital del Estado, y a partir de sus ideas surgieron nociones que, lamentablemente, más tarde serían manipuladas por regímenes totalitarios como el nazi.
Su discípulo, Karl Haushofer, desarrolló la teoría de las panregiones, dividiendo el mundo en grandes bloques: Pan-Euráfrica, Pan-Asia, Pan-América y Pan-Rusia. Según Haushofer, la guerra era la madre de todas las cosas; la fuerza que reorganizaba el poder mundial. De ahí surgió la idea del expansionismo como expresión del “derecho natural” de los Estados a extender su influencia más allá de sus fronteras.
Otro pensador clave fue Rudolf Kjellén, quien acuñó el término geopolítica y comparó al Estado con un organismo vivo: nace, crece, se desarrolla y muere. Para él, las fronteras eran la piel de ese cuerpo político: cuando se enfermaban o se volvían porosas, revelaban que el Estado estaba débil por dentro.
Con el paso del tiempo, nuevas escuelas redefinieron el mapa del poder. El almirante Alfred Mahan fundó la escuela del poder naval, con tres principios aún vigentes en la estrategia estadounidense: dominar los mares, construir un canal interoceánico (como el de Panamá) y controlar una isla en el Caribe, idealmente Santo Domingo. Para Mahan, quien controla los océanos, controla el mundo.
Más adelante, el británico Halford Mackinder formuló la teoría del pivote terrestre: quien domine Europa del Este, la “isla mundial”, dominará el planeta. Su discípulo, Nicholas Spykman, reinterpretó esa idea con la escuela de las tierras periféricas, sosteniendo que no es necesario ocupar el centro, sino controlar las rutas que llevan a él. De ahí derivan las actuales redes de bases militares y alianzas estratégicas que rodean Eurasia.
En la era moderna, la geopolítica también tomó el cielo. El italiano Giulio Douhet, pionero del poder aéreo, propuso convertir los aviones en armas de guerra y usar el bombardeo aéreo para quebrar la moral del enemigo. Lo que en su momento le valió una condena, luego se transformó en una doctrina aplicada por las grandes potencias en la Primera y Segunda Guerra Mundial.
Hoy, cuando observamos los conflictos en Ucrania, Oriente Medio o el Indo-Pacífico, seguimos viendo el eco de esas escuelas. Las doctrinas del poder marítimo, terrestre y aéreo siguen vivas, adaptadas a un nuevo escenario donde la tecnología, la energía y la información son los nuevos territorios estratégicos.
Entender estas teorías no es un simple ejercicio académico: es comprender cómo las potencias diseñan su política exterior, cómo justifican sus intervenciones y por qué algunos países parecen condenados a ser el tablero donde otros juegan.
La geopolítica no es solo cuestión de mapas o fronteras; es, en esencia, el estudio del poder humano en movimiento. Y mientras existan intereses, recursos y ambiciones, seguirá siendo como dijo Haushofer “la música que dirige la orquesta del mundo”.
