
La finitud de la existencia es una de las pocas verdades absolutas que el ser humano se esmera, con una disciplina casi envidiable, en ignorar. Vivimos bajo el hechizo de una ilusión peligrosa: la idea de que el tiempo es un recurso inagotable, una cantera infinita de la cual siempre podremos extraer un «mañana» para hacer lo que hoy postergamos.
En mi ejercicio como jurista, he visto cómo las agendas se llenan de compromisos, audiencias y plazos perentorios. Sin embargo, en la esfera de lo personal, nos permitimos el lujo de la negligencia. Los afanes del trabajo y la vorágine del diario vivir nos han convertido en expertos del aislamiento. Postergamos el abrazo, la cena familiar, el café con el amigo de la infancia o la visita al vecino bajo la excusa de una hiper productividad que, a la larga, resulta estéril.
El Reloj que no se Detiene
El problema radica en que el tiempo no es un aliado, sino un flujo implacable. Mientras creemos que estamos «dejando las cosas para después», lo que realmente estamos haciendo es ceder terreno a lo irreversible. El reloj continúa su marcha y, de repente, el mañana que tanto esperábamos se convierte en un «demasiado tarde».
Es una ironía dolorosa que muchas personas, que nunca «tuvieron tiempo» para compartir una tarde de conversación, encuentren de pronto todas las horas necesarias para asistir a un funeral. Ese tiempo que se le negó a la vida, se le termina entregando a la muerte en un adiós sin despedida.
«Después que el corazón deja de latir, de nada valen las coronas de flores, los lamentos fúnebres ni el desgarrador ‘si tan solo pudiera detener el tiempo’. Nada de eso tiene valor para quien ya ha partido.»
La Urgencia de lo Vivo
La verdadera justicia emocional no se dicta en los tribunales, sino en la cotidianidad. A las personas se les debe honrar en vida, brindándoles lo único que realmente poseemos: tiempo de calidad. Es hoy cuando ese ser querido necesita saber cuánto se le aprecia, cuánto se le admira y cuán importante es su presencia en nuestro mundo.
Dígalo ahora: Las palabras de afecto pierden su fuerza si se pronuncian frente a un féretro.
Priorice lo esencial: Ninguna agenda laboral, por apretada que sea, debería ser una celda que nos aísle de nuestra propia familia y amistades.
Rompa el aislamiento: No permita que el éxito profesional sea el epitafio de sus relaciones personales.
Debemos entender que el afecto no se hereda ni se recupera en los cementerios; se cultiva en el presente. No espere a que el silencio sea definitivo para intentar escucharse. Saque el tiempo hoy para amar, para estar y para compartir, porque al final del camino, lo único que nos llevaremos y lo único que dejaremos es el tiempo que supimos regalar en vida.
